La Autoridad: Cómo hacer para que niños y niñas obedezcand

de:
Javier Abellán

Psicólogo clínico infantil

http://www.cisf-murcia.com

Quien bien te quiere te hará llorar, y lo hará con cariño, no con sadismo: póngase usted en tratamiento si goza castigando a sus hijos. Educar es una tarea dura. No nos gusta hacerlo. Preferiríamos quizás dejar libres a nuestros retoños para que ya decidan ellos por sí mismos, pero los resultados serían catastróficos para su desarrollo y personalidad. Se convertirían en tiranos insufribles, incapaces de convivir en sociedad. La única opción viable consiste en tomar el control sobre sus vidas y actuar con responsabilidad. La mayoría de educadores están de acuerdo con hacerlo así pero no saben cómo.

Vamos a tratar de resolverlo en unas cuantas líneas. La primera idea tiene que ver con el concepto de autoridad. La autoridad dictatorial, ejercida por la fuerza, no nos hace libres porque no nos enseña a dominarnos, tan sólo nos pervierte y nos hace hipócritas para burlar al poder establecido. La autoridad científica se obtiene por el reconocimiento general a nuestros aciertos, pero nuestros educandos no poseen criterios para juzgarnos. Sin embargo la autoridad democrática es la más parecida a la del educador responsable, ya que le es concedida por el pueblo al que representa, es decir, sus educandos. Educar es servir, como debe hacerlo un servidor público. El egoísmo no tiene cabida.

Si se practica una educación democrática, los niños y niñas conceden un gran premio a sus educadores. La autoridad en la educación es el premio que nuestros hijos nos conceden cuando la ejercemos con responsabilidad. Una autoridad bien ejercida hace libres a los seres humanos, porque les enseña a administrar su libertad desde la infancia.

Cuando nos proponemos llevar a la práctica estas ideas nos enfrentamos a múltiples disquisiciones: ¿estoy seguro de mí mismo?, ¿soy un modelo adecuado para ofrecer a mis hijos?, ¿de dónde obtendré las fuerzas para mantenerme estable en la tarea?, etc. Vamos al grano. La tarea consiste en principio en definir un marco que dé forma a la realidad en la que han de desarrollarse niños y niñas.

Los límites de este marco son las normas, leyes, hábitos y costumbres que dan seguridad y salvan al niño de la angustia del exceso de libertad. Dentro de este marco debemos ampliar los grados de libertad que les concedemos, conforme el niño y la niña van siendo capaces de autoadministrársela, y van asumiendo sus propios compromisos. Los bebés deciden sus juegos; cuando ya poseen lenguaje deciden sus gustos para vestir; cuando poseen suficiente control emocional están preparados para negociar y debe aceptárseles la negociación, y llegada la adolescencia pueden contratar su convivencia con la familia.

En ningún caso y a ninguna edad se ha dicho que los niños comen “a la carta” si así lo desean, o disponen de la tarjeta de crédito de sus padres. Quizás lo que más agradecen es un padre y una madre capaces de “malgastar” su propio tiempo jugando con ellos en vez de trabajar durante las horas que deberían ser de convivencia familiar. Preparar todos juntos una buena comida doméstica sí que es una verdadera fiesta. Pagar el sobreprecio de un restaurante sale muy caro, no sólo para el bolsillo, sino por el empobrecimiento de la calidad de las experiencias.

Terminaremos regresando al sentido común para rematar la definición del mencionado marco de referencia. El educador debe mostrarse seguro de sí mismo, ya que constituye el referente que se ofrece al niño. Las leyes deben enunciarse con claridad, con pocas palabras y mantenerse estables en el tiempo, hasta que el niño acaba estando seguro de su educador. Cuando el educando puede predecir el comportamiento del educador entonces puede confiar en él, sabiendo que nunca le defraudará. Si la ley decía que nunca podía tomarse el postre antes que la comida, seguro que después de unos años sería el niño quien tendría que castigar a su educador si este le propusiera comer un helado antes que la sopa.

Epílogo: ¿Existe quizás algún adulto sano capaz de convivir veinticuatro horas con un niño, sin perder la cabeza? La respuesta es no. Excepto que este adulto posea una capacidad excepcional de autodominio de sus propias emociones y ofrezca este modelo de funcionamiento a sus educandos. Cuanto más llore y patalee el niño más tranquilo debe mostrarse el adulto. El niño tiene derecho a la pataleta por su inmadurez y su falta de experiencia emocional. Al final siempre acaba ganando el que posee mayor templanza y serenidad. No lo dude usted en esos momentos de desesperación.

Para que nuestros hijos e hijas nos obedezcan tendremos que sudarnos la camiseta, ganándonos la autoridad que ellos nos conceden como recompensa al uso responsable de nuestro poder.

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