en Vasily Nesterenko ha mort

25 agost 2008
mail from @belrad..
Subject: Urgent Bad News

Dear my friends and our partners!
I have the most bad news during last time!
Today morning I had known that the Professor Vasilij Nesterenko has died.
I dont know if his family informed you. Tomorrow I will say him last hello and could take your kind words too.
We all grieve about him!!!
I suppose that we all could join efforts and continue our common good intention!
We are together.

Fragmento de Reportaje publicado en el suplemento de Historia del periódico Heraldo de Aragón el 18 de octubre de 2007.

Anna Zorina dice: “Cuando ocurrió el accidente de Chernóbil, trajeron a casa unas cartulinas con indicadores. Antes de comer nada, tenías que hacer la prueba. Si el indicador se ponía verde, no había problema. Pero si se ponía rojo, tenía radiactividad y había que tirarlo”. ¿Adónde se tira una manzana radiactiva? ¿Al cubo de la basura? Anna Zorina no lo sabe, era muy pequeña entonces. Vive en Minsk, la capital de Bielorrusia, y es amiga del escritor Alexander Kaletski. Hace unas semanas vino a España con su hermana Olga. Acompañaban a un grupo de niños contaminados de los alrededores de la central de Chernóbil.

“Una de las familias receptoras tenía asignada una niña de 12 años”, cuenta Olga Zorina. “Le habían comprado ropa de la que pensaron que sería su talla natural. Pero cuando se la probaron vieron que era demasiado grande. Así que volvieron a la tienda: la ropa que de verdad le valía era para niñas de 8 años. En dos meses de sol, mar, comida limpia y entorno saludable ha ganado tallas y ya se pone la ropa que le compraron al principio. La de una niña normal de 12 años.” Olga Zorina añade: “En Francia los acogen tres semanas y la radiación interna les baja un 25%. Pero en España, que es el país que más niños acoge, junto con Japón, y donde suelen estar dos meses, la radiación de los niños disminuye un 62%”. Durante el invierno la niña no se enfriará. Y se lo agradecerá por carta a la familia que la acogió un verano. Les mandará fotos de sus padres, en su casa de campo. Con su gato. Al final, les escribirá: “Aquí, en Mozyr, en Braguine, en Zhlobin, en Viatka, en Svetlogorsk, en Motnevichi, en Nisimkovichi o en Dubovy Log, que es el pueblo oficialmente más contaminado de Bielorrusia, todos quieren conoceros. Sois nuestros amigos. Podemos vernos en Minsk, así no tenéis que venir hasta estos campos podridos. Mis padres quieren daros las gracias. Quieren abrazaros”.

Al profesor Vasili Nesterenko lo llamaron a Chenóbil el 29 de abril de 1986, tres días después de que se produjera el accidente. Era el jefe de un proyecto militar soviético de naturaleza nuclear. El académico Valeri Legassov, que fue quien dio la versión oficial del accidente en Viena, cuatro meses más tarde, no sabía cómo apagar el incendio y los isótopos se escapaban al aire, formando una nube radiactiva que acabó recorriendo el planeta. “Profesor Nesterenko, necesitamos su ayuda”, le dijo Legassov. “Lo recogerán en un helicóptero, en tres horas y media estará con nosotros.” Y es que en el gorkom de Pripiat, la sede del partido, donde se instaló el gabinete de crisis, acababan de hacer un hallazgo espeluznante. Según los cálculos de los físicos, había entre un 5 y un 10% de probabilidades de que alrededor del 10 de mayo se produjera una explosión nuclear. Así lo declaró Vasili Nesterenko en el Centro Georges Pompidou de París.

“Toda Europa se hubiera convertido en territorio inhabitable.” La explosión hubiera sido equivalente a 40 bombas atómicas como las de Hiroshima y Nagasaki juntas. Nesterenko evitó que eso ocurriera. Después dejó el ejército, el proyecto Pamir y todo lo demás. Desde hace dos años, la joven Olga Zorina es la asesora jurídica del BELRAD, instituto independiente para la protección radiológica que dirige el profesor Nesterenko. Y trabajan juntos, en despachos contiguos. Olga Zorina dice: “La misión de BELRAD, de Minsk, es informar a la gente de lo que puede comer, de cómo debe cocinar los alimentos, de cómo vivir con la radiactividad. Enseñamos a los maestros a que propaguen hábitos saludables. Las hortalizas deben ponerse en agua con sal durante un día. No deben comer setas. Les decimos de dónde pueden beber agua. Medimos las radiaciones humanas con un espectómetros y les damos Vitapect, un complejo vitamínico a base de la pectina de la manzana. Eso es lo que hacemos, prevención y trabajo científico”. Olga Zorina insiste: “Científico”. Los resultados, en este ejemplo: durante diciembre de 2005 y enero de 2006, se tomaron mediciones a 51 niños y 15 adultos en la ciudad de Belyayevka y se observó que con la pectina la radiactividad interna se redujo un 26,4%. Y así en cada pueblo al que van. Que son muchos. Los informes trimestrales del BELRAD son concluyentes y demuestran que la pectina es eficaz. Pero las autoridades no quieren reconocer el problema, porque entonces tienen que ocuparse de solucionarlo. “Vuelvan, vuelvan a sus casas”, decían, “todo está limpio, no hagan caso a Nesterenko, que solo quiere asustarlos.”

“No pasa nada”

Y algunos vuelven. Se preguntan por qué iban a engañarles. “No pasa nada”, les decían aquellos días de abril de 1986 a los habitantes de Pripiat, la ciudad donde vivían los empleados, cuando veían salir humo de la central. El cielo estaba lleno de helicópteros, los militares andaban con máscaras por las calles. “No pasa nada, sigan con sus asuntos, disfruten de la primavera”. Y luego tardaron tres días en evacuarlos, durante los que la población estuvo respirando cantidades ingentes de partículas radiactivas. Ocurrió un fin de semana de finales de abril, hacía buen tiempo, la gente celebraba meriendas en el campo. “¿Por qué iban a engañarnos?”

A los que vuelven les llaman “Samosiol”, una palabra que nombra a aquellos que no tienen a dónde ir. Olga Zorina dice que también significa “eres burro”. Algo así como una frase hecha: no tienes nada. No tienes tierras. No tienes casa. No tienes quien te cuide. Solo tienes radiactividad. Dicen que, en según qué condiciones de luz, se puede ver un reflejo de color violeta sobre la hierba. Que a las ancianas se les llena el pecho de leche. Que desaparecen las abejas. Que a las gallinas se les pone la cresta negra de la raciación. Pero aun así vuelven.

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