La Agonia Glaciar de los Pirineos

Quien más quien menos ha leído algo sobre la pérdida de masa del fotogénico glaciar del hemisferio sur Perito Moreno, o de otros gigantes de Alaska y hasta de Groenlandia. Y del Polo Norte, claro está. Hasta del glaciar boliviano Chacaltaya, como el 17 de junio de 2007 publicaba Sin Permiso. No es tan frecuente, en cambio, leer sobre las pérdidas glaciares pirenaicas del Posets, Comaloformo, Monte Perdido, Pica d’Estats o Balaitús. Pero la velocidad de desaparición de la masa glaciar de estos macizos pirenaicos, a causa del calentamiento de nuestro planeta, es igual o mayor.

Los Pirineos están formados por un buen número de valles, aún más lagos, multitud de riachuelos, centenares de picos de más de 2.000 metros y unas pocas docenas de más de 3.000 que están agrupados en 11 macizos con sus correspondientes puntos culminantes. De Occidente a Oriente, estos 11 puntos culminantes son: Balaitús, Gran Vignemale, Monte Perdido, La Munia, Pic Long, Gran Bachimala, Posets, Perdiguero, Aneto, Comaloformo y Pica d’Estats. El Aneto, con 3.404, es el mayor y el Comaloformo, con 3.033, el menor. La mayor parte de los 3.000 está en Aragón, otra buena porción está situada en Francia y, finalmente, unos pocos están en Cataluña. Según la autoridad montañera internacional, la Unión Internacional de Asociaciones de Alpinismo (UIAA), entre las elevaciones de más de 3.000 metros de los Pirineos debe hacerse una distinción entre las cumbres principales (que serían las formadas por una cúspide con al menos tres aristas) y las secundarias (formadas por agujas o puntas que no gozarían de las condiciones anteriores). Según la UIAA, existen en los Pirineos 129 cimas que cumplen los requisitos para ser catalogadas como principales, 83 que son secundarias y 117 cotas que ni tan sólo se las considera cumbres sino simples bultos al lado de las grandes elevaciones. Todos los 3.000 principales y muchos de los secundarios son fascinantes formaciones de roca vertical que no mucha gente ha podido contemplar de cerca.

Los 11 3.000 culminantes de sus respectivos macizos han estado acompañados hasta muy recientemente de glaciares o, como más popularmente se conocía, de “nieves perpetuas”. Nieves que permanecían todo el año, incluso en los meses más calurosos. Por este motivo estas nieves recibían (el tiempo verbal en pasado es cada vez más adecuado) la denominación de perpetuas. Un glaciar pirenaico es todavía un legado de la llamada “pequeña edad de hielo” que termina a finales del siglo XIX. Con datos de 1894, había 1.779 hectáreas cubiertas por glaciares en las inmediaciones de estos macizos pirenaicos. Datos del año 2001 rebajan el número de hectáreas a 290. Es decir, en poco más de un siglo, se ha perdido un 85% de la superficie cubierta por glaciares en los Pirineos. Y en tan solo 20 años (de 1982 a 2001) se ha pasado de 608 hectáreas a las mencionadas 290, es decir, se ha perdido más del 50% de superficie glaciar. En 1980 había 27 glaciares en esta cordillera, en el 2000 solamente 10. Habían pasado 20 años tan solo. En los Alpes, la situación es algo diferente porque si bien la superficie glaciar del conjunto de la gran cordillera europea se ha reducido entre un 30 y un 40% en los últimos 50 años, ha habido algún glaciar que ha aumentado de volumen (el Grosse Aletsch en Suiza, por ejemplo).

Un estudio de Greenpeace (http://www.greenpeace.org/espana_es/) concluye que “Los indicadores glaciológicos y criológicos de la alta montaña pirenaica nos inducen a pensar que, de continuar las condiciones actuales y recientes (dos a diez décadas), o de cumplirse las predicciones máximas o mínimas del IPCC [el Panel Intergubernamental del Cambio Climático, por sus siglas en inglés], los glaciares actuales tenderán a una drástica reducción o a desaparecer hacia mediados del siglo XXI, entre 2050 y 2060.” La isoterma de -2 grados centígrados se situaría entonces a 2.900 metros, de cumplirse los cálculos más favorables, o a 3.100 de acertar los más desfavorables. En estas condiciones, el permafrost -es más habitual este barbarismo que las palabras propiamente castellanas “permagel” o “pergelisol”-, término por el que se denomina la existencia de suelos permanentemente helados, que es un concepto que abarca más espacios que un glaciar, desaparecería casi completamente. Estamos hablando de poco más de 40 años.

Más específicamente, la zona de equilibrio glacial es la línea o zona de altitud que separa las zonas de acumulación y de ablación de un glaciar. Dicho de otra forma, es la línea de altitud que señala el lugar en donde se gana o pierde masa de hielo. Cuanto más abajo se sitúe esta línea de altitud, a igualdad de otros factores, más hielo habrá; cuanto más arriba, menos. La línea de equilibrio glaciar varía con la orientación cardinal. En el hemisferio norte, las caras orientadas al norte acumulan más nieve y hielo que las orientadas al sur, porque estas últimas tienen muchas menos horas anuales de insolación. Pues bien, la línea de equilibrio glaciar está subiendo rápidamente, en todos los puntos cardinales. El estudio de Greenpeace señala muy concretamente que el segundo gigante pirenaico, el Posets (3.375 metros), tendrá situada la zona de equilibrio glaciar por encima de los 3.100 metros entre los años 2046 y 2053. Dicho más crudamente: desaparecería, de ser estos datos correctos, todo el glaciar del segundo pico de los Pirineos. Habría solamente tres macizos pirenaicos que conservarían alguna pequeña masa de hielo, ya que sus zonas de equilibrio glaciar estarían aún por encima de los 3.100 metros.

El 24 de agosto de 2005, una docena de jovencísimos activistas de Greenpeace de entre 13 y 16 años compusieron con grandes letras sobre el glaciar de Aneto: “No más CO2”. Habían ido a comprobar de primera mano los impactos del cambio climático en el glaciar de la cumbre culminante de los Pirineos. Y lo comprobaron: actualmente este glaciar abarca una superficie de 90 hectáreas, hace menos de 20 años era más del doble. Las reducciones de estas masas glaciares de los Pirineos son perfectamente observables a lo largo de una vida humana. Dos ejemplos. En alguna guía de alta montaña pirenaica editada hace menos de 10 años (por citar una de famosa y de muy útil: los tres tomos de 3.000 de los Pirineos, de Luis Alejos, Ed. SUA, 1999) puede leerse que la vía clásica o normal (con este término se denomina la vía más fácil para acceder a una cima) para atacar el Pic Long es por el glaciar de Pays Baché. El rápido descenso de este glaciar (ahora, en realidad, poco más que un nevero) ha convertido la vía normal de hace tan sólo 10 o 12 años en una ruta bastante más complicada. Más concretamente, la desaparición del glaciar en su parte más alta ha dejado al descubierto canchales de roca pulida por millones de años de erosión bajo las capas del otrora imponente glaciar de Pays Baché, que debe escalarse con precaución y no es, desde luego, para principiantes. Ahora es incluso más fácil (o menos difícil) ascender al Pic Long por otras vías que no hace mucho años se consideraban más raras y complicadas. Segundo ejemplo. En las imponentes noches pasadas en refugios de alta montaña, he sido testigo de conversaciones casi idénticas en las que un montañero que anda por los cincuenta años le explica a otro considerablemente más joven las cantidades de nieve, muy superiores, que el glaciar del Monte Perdido, o del Gran Vignemale, o del Posets… tenían hace 15, 20 o 25 años. Esta conversación, cada vez más repetida en ambientes de alta montaña, está corroborada, no ya por concluyentes observaciones como las citadas más arriba, sino también por el abundante material gráfico disponible. Se dispone de una buena colección de fotografías del glaciar del Monte Perdido y del Aneto, entre otros, que permiten comparar su estado de hace unas cuantas décadas con el que ofrece ahora. Las diferencias son enormes. Es lo que comprobaron los doce adolescentes en agosto de 2005.

Daniel Raventós, febrer 2008. Publicat a sin permiso

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