L’origen del LLenguatge

Después de tantos fracasos al querer identificar qué nos distingue de los animales -se ha recurrido a la capacidad de fabricar herramientas, al poder simbólico y a la comunicación, entre otros-, el antropólogo Chris Knight parece haber dado en la diana. Su hipótesis revolucionaria da una explicación para el origen del lenguaje en los humanos y explica porqué nuestra comunicación es tan diferente de la de los animales que también se comunican entre sí.

Chris Knight dista mucho de ser una figura académica convencional. Su visión de la antropología rompe con muchos de los moldes tradicionales, e intenta reivindicar la importancia de la mujer, la solidaridad y la vida en comunidad en la evolución del ser humano y, en especial, de la cultura.

Si analizamos el mundo animal -especialmente el de los primates- en búsqueda de algo tan impredecible, libre y creativo como el lenguaje, quizá resulte difícil encontrar algo similar. El punto de partida para esta comparación podría ser el instinto de juego que tienen los animales, sobre todo cuando todavía son cachorros. Cuando dos animales juegan, ambos analizan lo que piensa el otro y se comunican, pero ello no constituye un lenguaje. En el mundo animal, se juega en la infancia como una preparación para la realidad adulta, mientras que en el ser humano, el juego durante la infancia es algo más que eso.

En el mundo animal, el sexo es una fuente enorme de conflictos y de violencia. Ningún animal renuncia fácilmente a la posibilidad de aparearse, especialmente los machos. Por ello, cuando dos gorilas compiten por una hembra, no se muestran juguetones sino que inician una pelea. Así, el juego de lucha en el período preadulto no se transforma -como en el caso de los humanos- en lenguaje y cultura que se transmiten de una generación a la siguiente sino que es una preparación para las peleas reales y, por ello, el juego se limita al período pre-sexual del animal.

El instinto de juego:

Humanos y animales jugamos de manera innata. En los humanos, es un instinto que nos permite desarrollar la imaginación, compartir experiencias y adquirir una serie de habilidades sociales que necesitaremos durante la vida adulta. El juego simbólico permite jugar con la realidad sin estar dentro de ella, por lo que es un juego más seguro.

Humanos y animales jugamos de manera innata. En los humanos, es un instinto que nos permite desarrollar la imaginación, compartir experiencias y adquirir una serie de habilidades sociales que necesitaremos durante la vida adulta. El juego simbólico permite jugar con la realidad sin estar dentro de ella, por lo que es un juego más seguro. Al igual que nosotros, los primates o los perros tienen un instinto de juego y, al jugar, se comunican. Sin embargo, al comparar su juego con el de un niño, hay algo que falta. Claramente, las señales de los primates no conforman un lenguaje. Y eso que falta, sorprendentemente según explica Chris Knight, es la política.

Según la hipótesis de Knight, para que surja el lenguaje, es necesario disponer de un sistema de leyes que fundamente la confianza entre los individuos y que dé lugar a una buena predisposición, algo que ni siquiera nuestros parientes más cercanos del reino animal -los chimpancés- tienen. Cuando esa especie de pacto social no existe, como en el caso de los animales, es necesario fiarse de lo que no se puede manipular, o sea, del lenguaje corporal porque éste es muy difícil de manipular: cuando alguien parpadea involuntariamente, cuando se le eriza la piel y los vellos, cuando tiene un cambio en la coloración del rostro, sabemos que no está fingiendo.

Gruñidos y otras señales:

Los animales necesitan que sus señales sean fiables, y el lenguaje corporal lo es. El modelo de comunicación animal se asemeja al ronroneo de un gato. Cuando un gato ronronea, sabemos que es feliz porque no puede ronronear y dejar de hacerlo a su antojo.

Los primatólogos han establecido varias categorías de señales entre los chimpancés. Por ejemplo, cuando la hembra está copulando, emite un sonido único para esa situación. Cuando ha encontrado comida, su entusiasmo se desata y se activan las glándulas salivares y, con ello, genera un gruñido también único para esa situación. Y lo importante es que los chimpancés no pueden fingir esas señales. Algunas personas podrían pensar que ello es un límite evolutivo del animal y que le iría mejor si pudiese controlar cognitivamente sus señales vocales. Sin embargo, es todo lo contrario. Si esas señales se pudieran manipular, no valdrían nada y perderían su sentido.

Lenguaje corporal:

En determinadas ocasiones -como cuando estamos enamorados- nuestro cuerpo emite señales iniquívocas que comunican algo de lo que estamos sintiendo por más empeño que pongamos en ocultarlo.

En algún momento de nuestra evolución, los humanos hemos roto todas las reglas y hemos logrado manipular nuestras señales vocales, a partir de lo cual surgió el lenguaje. Pero para que se dé este paso trascendente fue necesario que hubiese una especie de contrato social, lo que en la antropología social se denomina “cultura simbólica”.

“La cultura simbólica va mucho más allá que el lenguaje”, explica Chris Knight y lo ejemplifica con una metáfora de la vida cotidiana. Cuando conducimos un coche por la ciudad, tenemos una serie de señales que nos permite indicar y saber dónde va cada cuál. Son las luces intermitentes del coche o las señales viales. “Si conduces un camión enorme deberás detenerte en un semáforo en rojo igual que si condujeras un pequeño Volkswagen”, dice Knight. Pero si las leyes viales dejaran de funcionar y fallaran los semáforos, descubriríamos que los intermitentes no sirven para nada. “Todas tus pequeñas señales electrónicas serían una pérdida de tiempo, y si ahora conduces un vehículo grande tal vez tengas mejores perspectivas que si conduces uno pequeño.”

Para que surja el lenguaje, los semáforos tienen que funcionar –siguiendo la metáfora de Knight-. Sólo cuando se ha establecido ese contrato social, el enorme potencial para expresarnos con palabras se libera. Y en la vida real, la causa más fundamental que puede provocar un atasco en los simios y en los humanos es el conflicto sexual porque no hay ningún instinto más poderoso que el sexual.

En este campo –el del conflicto sexual-, existen enormes semáforos y son lo que llamamos el sistema de parentesco, el tabú del incesto, los valores familiares o el compromiso matrimonial, entre otros. Todo ello son reglas muy estrictas que pueden fallar. Cuando fallan –como cuando alguien engaña a su pareja- se necesitan señales más fiables que las palabras. En esas circunstancias, no basta con decir “lo siento cariño, no pasará nunca más”. Cuando la confianza ha desaparecido, para volver a ganarla se requiere algo más poderoso que las palabras.

Para que el lenguaje se desarrollara, probablemente hizo falta un gen. Pero siendo importante, no fue lo esencial. Como dice Knight, no cabe duda de que nuestra capacidad lingüística es innata. Sin embargo, el antropólogo asegura que, para que se desarrolle, debe haber un contexto que permita expresar ese instinto. Un niño que se haya criado sin amor, con exceso de ansiedad y aislamiento social puede padecer graves deterioros en el desarrollo del instinto lingüístico. De la misma manera que un gatito necesita ver cosas cuando desarrolla los ojos, un bebé necesita jugar con su madre, necesita reír, sentirse querido y sentir que alguien le escucha para que se desarrolle el instinto del lenguaje.

El juego como terapia:

El juego está muy vinculado con el aprendizaje y la capacidad comunicativa en la niñez. Por eso, el juego es una herramienta terapéutica para tratar a niños con dificultades en el desarrollo de sus sus capacidades comunicativas.

Lo que propone Chris Night es que el acontecimiento extraordinario en los albores de la vida humana que dio lugar al lenguaje no fue una mutación genética sino una revolución social. Pero, como dice Eduard Punset, nuestras sociedades actuales pueden “perder el tacto, la delicadeza, el ánimo de salvar las apariencias, el respeto mutuo, el imperio de la ley basada en el consentimiento colectivo, sin perder la capacidad de hablar. Estamos refiriéndonos al origen del lenguaje. Otra cosa es el debate sobre sus propósitos variados.”

Publicat a Smart Planet

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